La decisión de fondo: responsabilidad y fiscalidad
Las dos diferencias que marcan la elección son la responsabilidad y el impuesto que se paga. Como autónomo, respondes con tu patrimonio personal de las deudas de la actividad. En una SL, la sociedad responde con su capital y tus bienes personales quedan, salvo avales o situaciones concretas, fuera.
En fiscalidad, el autónomo tributa por su beneficio en el IRPF, que es progresivo y puede llegar al 47%. La sociedad paga primero el Impuesto de Sociedades, 25% en España, y tú tributas en el IRPF solo cuando te repartes sueldo o dividendos. Eso permite diferir la tributación personal.
Autónomo: qué pagas y qué obtienes
Como autónomo pagas una cuota mensual a la Seguridad Social calculada sobre tus rendimientos reales, en tramos que van de unos 205€ a unos 607€ al mes. Quien se da de alta por primera vez paga 80€ al mes durante el primer año.
La cuota cubre contingencias comunes, cese de actividad y formación profesional. No hay cotización patronal separada, y cada año la Seguridad Social regulariza la cuota cruzando la base estimada con el rendimiento real declarado.
La parte fiscal es simple de entender: pagas IRPF por el beneficio del año, hagas lo que hagas con él. Si el negocio gana 40.000€, tributas por 40.000€ aunque los reinviertas.
SL: qué pagas y qué obtienes
Crear una SL exige un capital social mínimo de 3.000€, escritura notarial e inscripción en el Registro Mercantil. El proceso es más caro y lento que el alta de autónomo, que se hace telemáticamente en un día.
La ventaja fiscal está en los beneficios que se quedan en la sociedad: tributan al 25% y no al IRPF de su titular, que puede ser mucho más alto. Cuando necesites el dinero, lo sacas como nómina de administrador o dividendo y tributa entonces en tu IRPF.
La SL también separa el patrimonio personal del empresarial, transmite mejor la propiedad (puedes incorporar socios o inversores cediendo participaciones) y da una imagen más sólida frente a clientes y bancos.
Cuándo compensa cada una
El autónomo gana cuando estás validando la actividad, facturas poco o el beneficio se consume en tu renta personal. Es la opción barata y rápida para empezar, y la tarifa plana de 80€ lo hace casi gratis durante el primer año.
La SL empieza a compensar cuando los beneficios superan lo que necesitas para vivir, cuando reinviertes en el negocio o cuando tu actividad implica riesgo de deudas. Cuanto mayor sea la facturación y el margen, antes conviene montar la sociedad.
Hay un punto intermedio que casi nadie calcula: el coste de mantenimiento de la SL. Contabilidad, impuestos y trámites cuestan dinero cada mes, así que una SL con beneficios bajos puede salir más cara que la cuota de autónomo. La decisión es aritmética, no de imagen.
El mismo dilema en otros mercados
La estructura del dilema se repite fuera de España, con otros números. En Portugal, el autónomo tributa por el IRS (13% a 48%) facturando con recibos verdes, mientras que una LDA paga IRC del 21% y los dividendos al 28%.
En Andorra el juego cambia: impuesto de sociedades al 10% e IRPF con tipo máximo del 10%. En Dubái, el corporate tax es del 9% y no hay IRPF personal, aunque el visado y la estructura exigen su planificación.
Si tu plan es operar en varios países, la estructura se elige una vez y cuesta cambiarla. Comparar la fiscalidad del país de destino antes de constituir evita reestructuraciones caras a los pocos años.
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